20 abr 2013

Mujeres

Ser mujer siempre es más complejo que ser hombre, y hablo de "ser" porque como decía Simone de Beauvoir: "no se nace mujer: llega una a serlo".
Cuando nacemos lo hacemos como personas, pero desde el primer instante en que nuestros ojos se abren al mundo fuera del útero materno ya comenzamos a ser hombre o mujer. La primera diferencia entre nosotros/as la marca un hecho puramente biológico, el nacer con un tipo u otro de órganos genitales. El resto de diferencias se imponen y se aprenden culturalmente.
Desde la cuna somos vestidas de rosa -color por antonomasia de la supuesta feminidad- nos agujerean las orejas, somos tratadas y educadas de un modo muy distinto a los varones, y a lo largo de nuestra vida tendremos que enfrentarnos a miles de obstáculos, problemas y dudas que se generan por el mero hecho de haber nacido con vagina en un mundo y realidad social que considera que ello supone de facto una inferioridad respecto al hombre.
Somos tratadas y percibidad como el segundo sexo, las que están detrás del hombre, las que lo ayudan y cuidan, aquellas cuya única labor en la vida es perpetuar la especie y cuidar de la prole.
Pero se equivocan, no somos el segundo sexo, somos mujeres que están iniciando el camino hacia el empoderamiento. Mujeres que desean ser y sentirse libres, que ya no tienen miedo, que persiguen sus metas, que se autodefienden, que se conocen y son conscientes de su valía.
Esas somos nosotros, y este es el largo que camino que iniciaremos hasta que logremos todo aquello que históricamente se nos ha negado.



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